Juan José Saer, 10 años

Foto de Beatriz Sarlo.

Foto de Beatriz Sarlo.

Este año el escritor argentino de ascendencia siria Juan José Saer cumple 10 de muerto. Y ¿quién es ese señor?, se preguntará algún lector descuidado, pero si es lector y tiene una biblioteca, difícilmente encontrará en ella un libro mejor que El entenado (1982). A la altura de cualquier grande de la literatura mundial, ahí está la novela El entenado y el periplo que cuenta: un muchacho en el siglo XVI rumbo al Río de la Plata y de vuelta a Europa, 70 años después. Por lo demás, de los 24 libros que publicó en vida Juan José Saer (1937-2005), desde Argentina y desde París (donde vivió sus últimos 45 años): novelas, cuentos, ensayos breves, poemas y guiones de cine, sólo puedo decir que a mí, en lo personal, algunos de ellos me hacen el día a cada golpe de página. Hay algo que me sorprende y me encanta de las cosas que encuentra en el mundo Juan José Saer; son como llamados a malpensar, como moscas que chocan contra la burbuja eléctrica que protege nuestro entorno ordenado y limpio, y nos hacen voltear, rectificar, dudar.

Nunca he creído que la respuesta de la literatura esté en el gran público, ese ente abstracto que compra libros al que van dirigidos los anuncios espectaculares y coloridos. Pero no digo nada, un poco con la cola entre las patas me quedo a rumiar mi reticencia en silencio. Ahí salta, sin embargo, Juan José Saer: “Detesto al público”. Lo dice calmadamente, sin asomo de enojo, mientras explica que ama, por el contrario, al lector, “aunque sea uno solo, con ese basta”. Luego, para ejemplificar su dicho, arremete contra el último Gabriel García Márquez, “que ha simplificado su literatura en aras del gran público”. “Lacan (detrás de su moño y con gestos y ademanes llenos de sobreentendidos) tenía un dicho —continúa explicando Saer en entrevista con el programa de TV argentino Los siete locos—: ‘Yo no hablo para idiotas (en el sentido de legos) porque siempre en el auditorio hay un no idiota y ése es el que me va a escuchar’. García Márquez tenía fibra y verdadero talento de escritor. Tuvo ese éxito inopinado (para él mismo) de Cien años de soledad y a partir de ahí, en la carrera del gran público, creo que perdió sus referencias y cada vez que emite un juicio literario está viciado. Para él, por ejemplo, Faulkner es una especie de escritor latinoamericano. Como habla frente a un público que no sabe quién es Faulkner, García Márquez ‘abre el paraguas’ (como se dice), y lo menciona para deslindarse de él, cuando la influencia de Faulkner es algo honroso y no un defecto. Cuando elogia a un escritor siempre es uno de segunda, como Álvaro Mutis, que era su amigo, o Somerset Maugham, que decía de sí mismo que ‘de los escritores de segunda, él era el primero’. Así, su sistema de referencia queda viciado. Nunca aparecen ahí las grandes referencias de la literatura del siglo XX. Tiene un territorio comercial que defender. Dicho esto, yo no tengo ninguna animosidad contra García Márquez y le deseo que continúe con los éxitos mil años más, pero me permito desinteresarme de su producto”. Devastador, diría yo, aunque ciertamente los grandes éxitos de Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura, siguen de pie en la mesa de novedades de las librerías, y cuesta trabajo encontrar un libro de Saer, a pesar de que Seix Barral los ha reeditado todos. Cabe preguntarse, de cualquier manera y con sincero interés literario, el punto al que alude Saer: ¿A dónde te conduce el gran público en tu carrera como escritor? ¿Es vender libros lo único que importa?

Cómo no me va a enganchar un libro cuya primera frase es: “Espanto y vulgaridad son el patrimonio principal de los aviones”, como El río sin orillas, si soy un nostálgico que habita el mundo contemporáneo con pesar y disgusto, extrañando a cada momento los artefactos físicos y morales de antaño. Si pudiera, viajaría (que ese es uno de mis trabajos, ya que escribo crónicas de viaje) ya no en tren, que tanto me gusta, sino a caballo o a pie. Subir en un sitio a un avión y bajar en otro distinto, a seis mil millas de distancia, el mismo día, es inhumano y nada tiene que ver con el viaje, sino con otro concepto muy contemporáneo: la transportación, que implica rapidez, eficacia, pragmatismo… en fin, todo aquello que se aleja (entre más pronto, mejor) de la humanidad. Pero ¿cómo voy yo a emprenderla contra estos artilugios contemporáneos que uso a diario y que nos han llevado a todos los hombres, literalmente, a la Luna? No tengo el valor… pero ahí está Saer, caray, que nunca se calla la piedrita que le molesta en el zapato, y se lo agradezco tanto, porque me hace constatar que aunque es verdad que quizá soy un poco loco (ni siquiera tanto, porque no arremeto todavía contra los molinos de la confortable vida contemporánea que llevo), hay otros locos por ahí, caminando en dirección contraria de la multitud. Pero El río sin orillas no trata de eso (¿o sí?), sino del Río de la Plata (y ahora que lo pienso, El entenado también trata en el fondo del Río de la Plata). Este libro de género inclasificable (tan cerca del relato, el ensayo y la autobiografía) me recuerda dos obras maestras con ríos de por medio: El Danubio de Claudio Magris, por su obsesión de hallar el origen físico de un universo intangible y, por otra parte, la omnipresencia sonora del Mississippi en Las palmeras salvajes de William Faulkner.

No queda sino entrar de lleno en el verdadero legado de, como el mismo Saer se llamaría (como si de una categoría literaria se tratara), “el escritor argentino”: el lenguaje, meticulosamente elaborado y pulido. No me extraña que un estilista como él ponga en segundo término la escritura de don Álvaro Mutis, que escribía de un tirón, sin volver la vista atrás, dejándose ir, las deliciosas aventuras de Maqroll, que suenan siempre tan vivas. Me parece injusto, pero no me extraña porque Saer era un verdadero apasionado de las oraciones perfectas y repletas de sentido. (Como si lo superfluo no tuviera el encanto imperfecto de la vida.)

De la misma manera que hablo con entusiasmo de un cauce ensayístico como el de El río sin orillas, y de narraciones del tamaño de El entenado (que concentra sus armas literarias conceptuales y formales) me permito desinteresarme de los poemas de Juan José Saer, los cuales, en su afán perfeccionista, fallan rotundamente a la hora de echar a andar (o a volar) los versos, aunque esos libros de poemas lleven un título que desborda inteligencia y buen humor: El arte de narrar.

 Publicado en la revista Nexos (febrero de 2015).

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