Dylan, la larga odisea interior

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@Richard Avedon, 1997.

El premio Nobel de literatura al cantante Bob Dylan (1941) fue una sorpresa para el mundo de la alta cultura. Quizá a algunos, que no lograrán reponerse nunca de la corrupción pupulachera del Olimpo donde habitan las momias de lo clásico, les cruzará por la mente una broma macabra: “¡Caramba!, de no haberse muerto Juan Gabriel, a lo mejor también le habría tocado ganarse un premio Nobel”. Las canciones de Dylan son irregulares, hay unas que parecen (y seguramente fueron) escritas minutos antes de entrar al estudio de grabación. Nada hay más alejado del lirismo inspirado del canadiense Leonard Cohen (tan solo por poner como ejemplo a uno de sus colegas bardos que, por cierto, es siete años mayor). La voz de Dylan no es agradable, oscila entre dos diagnósticos: o es gangoso o tiene una severa obstrucción nasal. Incluso en compañía de grandes músicos, lo que se impone es una guitarrita, una armónica y esa voz plana que parece repetir una letanía ininteligible. Sin embargo, esa es precisamente la grandeza de Bob Dylan: contra viento y marea, su voz se impone, y lo que dice resuena, de generación en generación.

No Direction Home, el largo documental sobre Bob Dylan que hizo Martin Scorsese en 2005, concluye con una escena tomada de un concierto en Manchester que para los organizadores fue un rotundo fracaso y para el artista el inicio de su búsqueda creativa. Esa gira estaba enfocada en afianzar en Inglaterra el éxito del canta-autor americano de principios de los sesenta, cuando el mundo entonaba baladas de protesta contra la guerra y pensaba en el amor libre. Los empresarios no contaban con que Bob Dylan no era ya el muchacho medio hippie y medio country que cantó “Only a Pawn in the Game”, tema sobre un trabajador algodonero muerto, en el Lincoln Memorial en 1963, junto a Martin Luther King. Bob Dylan no se había encasillado en esa lucrativa imagen y, por el contrario, buscaba su voz mientras caminaba al ritmo de la historia. Esa tarde de 1966 en el Royal Albert Hall, a medio concierto dejó a un lado la guitarra acústica y tomó una guitarra eléctrica. La gente se sintió defraudada porque su ídolo folk había sido corrompido por el rock, y lo abucheó sin parar. Cuando un fan le grito: “¡Judas!”, Dylan se acercó al micrófono y dijo: “No lo puedo creer”, y luego volteó la espalda al público e indicó a sus músicos (Levon Helm y Robbie Robertson): “Play it fucking loud”, y los acordes de “Like a Rolling Stone” comenzaron a sonar progresivamente más alto, hasta la distorsión total.

Terminó el siglo XX entonando canciones como “Blowin in the Wind”, y cuando el nuevo milenio despertó, Bob Dylan seguía ahí. Nunca paró. Quizá dando la espalda a ese público que no acaba de comprender lo que hace, pero que lo corea, Bob Dylan continúa de gira, subiendo el volumen, buscando lo que hay más allá de su voz nasal. A través de canciones clásicas que se repiten sin cesar, y más de 30 discos de estudio, Dylan lleva medio siglo presente en el soundtrack vital de la gente. Quizá es ahí donde deben buscarse las razones de los jurados para distinguirlo con premios de la categoría del Príncipe de Asturias, el Pulitzer o el Nobel.

Se dice que su obra devolvió la poesía a la gente, que la sacó de los empolvados libros y se la arrojó en la cara, como ocurría antes, cuando los trovadores iban develando el mundo a las personas comunes, que enfrascadas en la ardua tarea de sobrevivir, no se enteraban del mundo que estaba frente a ellos. “Por haber creado una nueva expresión poética en la gran tradición americana de la canción”, afirma el veredicto de la Academia Sueca. Es un premio polémico, de eso no hay duda, sobre todo con respecto a esa guerra innecesaria entre la alta literatura y lo popular. En esta ocasión, bien avanzado ya el nuevo milenio, habrá que buscar a la literatura en la rebeldía creativa de Bob Dylan.

Publicado en la plataforma on-line de la revista Nexos.

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Los grandes discos de Dylan

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@Richard Avedon, 1997.

 

Su debut folk de 1962: Self-portrait. La trilogía de su experimentación eléctrica con The Band, 1965-66: Bringing it All Back Home, Highway 61 Revisited y Blonde to Blonde. Su despedida del siglo XX: Blood on the Tracks, de 1975, y Time out of Mind, de 1997.

 

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En la mirada de Richard Avedon

Cuando Bob Dylan cumplió 60 años, lo celebró con un estupendo disco, quizá el más grande de su carrera, con un sonido depurado y mucho blues. Se trata de Love and Theft. Cuatro años antes, a propósito de una fotografía tomada por Richard Avedon en 1997, declaró: “Sigo siendo la misma persona. La música que escucho también es la misma: una larga lista de gente que ya no está con nosotros, ¿entiendes? Esta gente que llegó primero, que fue la clave de todo. Fue una larga odisea interior llegar hasta ahí”.

Y vaya que fue larga. Comenzó en 1963 cuando un muchacho de complexión bastante menuda, vestido con botas y una camisa a cuadros se paró frente a menos de cien personas en el Carnegie Hall de Nueva York. Tenía 22 años. Llevaba una guitarra y un dispositivo de metal que sostenía una armónica a la altura de su boca. Cantó con una voz nasal y desentonada, sin ninguna modulación, canciones que nadie conocía, de una complejidad rayana en el sinsentido surrealista, como “A Hard Rain’s A-Gonna Fall”. Ese día, el fotógrafo de moda, Richard Avedon, le tomó el primero de los tres retratos que publicó la revista Granta apenas arrancó el siglo junto a un comentario de uno de sus editores, Mark Holborn.

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@Richard Avedon, 1963.

“El 4 de noviembre de 1963, Avedon fotografió a Dylan en la 132nd Street y East River en Nueva York –comenta Holborn–. La cara de Dylan era muy joven, su cabeza estaba inclinada y sus ojos delineados. La hebilla del cinturón que sostenía unos pantalones de mezclilla holgados formaba una ‘d’ larga. Una pluma sobresalía de la bolsa de la camisa. Sus botas se veían muy usadas, tal como el estuche de su guitarra. Este era Dylan en su primer presentación pública, tras haber logrado llegar del medio oeste norteamericano a Nueva York. Dylan había inventado con esta imagen a una persona que incorporaba los elementos del mito americano –la carretera y la voluntad inquebrantable– para llegar al hospital donde se encontraba su ídolo: Woody Guthrie. Tras la invención, acecha la verdad. No sólo cantó el repertorio de Guthrie, sino que a los veinte años grabó con la armónica de Victoria Spivey y los grandes blueseros Big Joe Williams y Lonnie Johnson. Ha compartido gigs en Greenwich Village con Johnny Lee Hooker. No se trataba de un niño blanco con acento sureño y una buena camisa de cuadros, sino que tocaba algo real y era reconocido por aquellos a los que emulaba. Un recuento de sus primeras presentaciones lo describe como ‘chaplinesco’, afectado por las ironías de su ‘blues-hablado’. Durante ese primer concierto en el Carnegie Hall estaba nervioso, pero era fascinante. Sonaba como un cómico de stand-up que rompía una carcajada para asestarte un blues apasionado”.

Dos años después, Bob Dylan se había convertido en otra persona. Ya había grabado canciones como “Like a Rolling Stone”, pero en un mood muy distinto. Ya no era el cantante folk. Experimentaba con el sonido eléctrico y estridente de la guitarra y el órgano Hammond. Cuenta la leyenda de wikipedia que el rif que todos conocemos como introducción a esa canción fue producido por un golpe de suerte. En los estudios Columbia se encontraba el día de la grabación el joven guitarrista de 21 años Al Kooper. Como no tocaría su instrumento porque no hacía falta, y el problema a resolver era la introducción de “Like a Rolling Stone”, que no quedaba, Al Kooper se sentó en el órgano y se atrevió a proponer una tonadita que traía en la cabeza. Gustó, y así se grabó, para la posteridad. En esa época, 1965, Richard Avedon tomó una fotografía del otro Dylan. El cantante se vestía ahora con una sonrisa socarrona y una gabardina negra cerrada hasta el cuello.

“Había sido elogiado en Europa. Su camisa y gabardina parecían de Carnaby Street. Su figura estaba demacrada, sus botas eran muy grandes, tenía ojeras y su cabeza era coronada por una melena salvaje. Avedon retrataba el precio de la fama o el peso de una creatividad acelerada. Dylan se estaba abriendo paso en medio de una década tumultuosa. Su salvaje sonido mercuriano estaba sin embargo por venir”, apunta Holborn.

El tercer retrato que Richard Avedon tomó de Bob Dylan ocurrió 32 años después, en 1997. “Dylan –hace un poco de historia Holborn– chocó su motocicleta; se retiró; se convirtió en padre de una numerosa familia; adoptó el lenguaje bíblico y moralista; grabó en Nashville; fue a Durango a trabajar como actor en la película de Sam Peckinpah, Path Garret y Billy the Kid, como un personaje llamado Alias; hizo una película sobre Bob Dylan donde se hacía llamar Renaldo; se separó; se divorció; corrió al bajista de Elvis; se paraba en el escenario como si fuera un púlpito; grababa muchas canciones y realizaba álbumes de covers, por igual profundos y banales”.

Este tercer retrato dejaba ver “el paso del tiempo”. “La foto se reduce a su cara contra un muro blanco. La soltura y belleza que tocaba los otros dos ha marcado su cara así como marcó su voz. Los negros ojos cansados están fijos en Avedon y en nosotros”.

Una versión reducida de este texto se publicó en el suplemento Laberinto del diario Milenio.

 

 

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