Un excelente testimonio rulfiano

rulfo

[…]

Sin duda lo más valioso de la labor periodística de Verdugo Fuentes en este ensayo consiste en el retrato que hace de sus varios encuentros con Juan Rulfo, “un hombre que no sufría en lo más mínimo de complejo de grandiosidad”. Se sabe que los personajes de Pedro Páramo ya estaban delineados y por eso escribió los cuentos de El llano en llamas, “para soltar la mano”. Se sabe que tras 30 años rumiándolo, sin haber escrito una sola palabra, Rulfo encontró la atmósfera y el tono de la novela un día que volvió al pueblo de su niñez, en las faldas de la Sierra Madre, cuya población había pasado de ocho mil a 150 habitantes. “A alguien se le había ocurrido sembrar de casuarinas las calles y, esa noche que me quedé allí, en medio de toda esa soledad, el viento en las casuarinas mugía, aullaba, en ese pueblo vacío… Entonces supe que estaba en Comala”. Se conocen dos de sus grandes aficiones, la música clásica y la crónica: “He leído casi todas las crónicas antiguas, escritos de frailes y viajeros, los epistolarios, las relaciones de la Nueva España; es el estilo del siglo XVI y del siglo de Oro. Me gustan porque están escritas muy sencillamente”. Se saben esas muletillas que quizá aprendió Rulfo de memoria para decir a quienes lo interpelaban, pero nunca había visto a un personaje real como el que describe Verdugo Fuentes en Vogue, en 1980: “De rasgos finos y pelo cano, pequeño cuerpo delgado, de figura adusta en el vestir, muy amable, sencillo y trasparente cuando habla, Rulfo es un hombre que hasta los colores se le suben si alguien lo elogia; se sonroja fácilmente, escondiendo la mirada serena detrás de sus anteojos de marco oscuro. En el café El Agora se echa para atrás en el asiento, un rayo de sol toca un vértice de arrugas en su frente, y él toca al sol. En momentos, en la conversación, se envuelve en cierto silencio, ese algo soterrado que mencionamos, que uno debe respetar también guardando silencio. Luego retira los lentes de sus ojos y dice, muy lentamente: ‘¿Seguro que no quieres que te cuente por qué no escribo más?’. Reímos y de él escapan carcajadas que hacen añicos su imagen adusta” […]

“¿De dónde proviene esta técnica novedosa del tiempo detenido? –da pie Verdugo Fuentes–: ‘Eso fue un experimento. Tal vez con influencia de autores nórdicos, en esa época los leía mucho’. Sabemos que el sentido del tiempo es una inhibición para impedir que todo suceda de una vez, pero en Comala esto deja de tener sentido, y las acciones se suceden alternativa y simultáneamente. Todo se repite, todo se inicia nuevamente, de manera circular, porque, de alguna manera, es siempre hoy; leemos lo que está ocurriendo en el momento porque los personajes están condenados a la vida eterna. ¿De dónde sacó Rulfo el lenguaje para tal prodigio? Le pregunté, y él dijo: ‘Tal vez lo oí cuando era chico pero después lo olvidé, y tuve que imaginar cómo era por mera intuición. Di con un realismo que no existe, con un hecho que nunca ocurrió y con gentes que nunca existieron’” […]

“No daba consejos literarios; decía que no podría porque para él, el arte literario ‘es perfectamente inexplicable’. Sin embargo –concluye Verdugo Fuentes–, le escuché decir que ‘hay que aprender a tachar’, y que se debe, antes que nada, ‘cuidar la velocidad que se quiere lograr’.”

Versión completa de este artículo en Laberito de Milenio.

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