Vivir en el Centro Histórico

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En serio, ¡¿vives en el Centro?!, se sorprendían los compañeros del colegio salesiano en el que cursé la secundaria. Para ellos, habitantes del Sur profundo, el Centro era una especie de bazar, como Pericoapa, pero sucio, intransitable, lejano y establecido en edificios decadentes. Pues sí, he vivido en el Centro desde hace más de cuarenta años y, aunque habrá quien lo siga dudando, cada día lo disfruto más. Es verdad que las cosas han cambiado considerablemente en las dos últimas décadas, pero la esencia de estas calles sigue teniendo la magia de haber albergado en la época prehispánica a la magnífica Tenochtitlán y luego, durante la Colonia española, a la capital de la Nueva España.

Desde mi ventana puedo ver la parte trasera del colegio de las Vizcaínas, que abarca una cuadra completa. Fue fundado como internado para señoritas en el siglo XVIII por tres ricos españoles que se compadecieron al ver a un grupo de niñas desarrapadas y sucias viviendo en la calle, aunque después de la Revolución se volvió mixto. Hay una pequeña capilla dentro, pero pocos saben que fue el primer colegio laico que se estableció en América. Cuando era niño, en mi salón de clase, que era el 4to “B”, no podía quitar la vista de un cuadro que colgaba de la pared. Tenía la imagen de un florero, pero lo que en realidad llamaba mi atención era que estaba hecho con pelo humano. Era un legado de las manualidades que enseñaban a aquellas huérfanas de antaño, cuando el colegio funcionaba como internado en la época en que la heroína de la Independencia, doña Josefa Ortiz de Domínguez, salió de ahí para convertirse en la esposa del corregidor de Querétaro.

En la esquina del Eje Central e Izazaga, a espaldas de mi edificio, está la fuente del Salto del Agua, que era donde concluía el acueducto que traía agua desde Chapultepec a la ciudad colonial, que comenzaba justo ahí. Se trata de una réplica, pero construida en el siglo XVIII, en el sitio donde estaba la original.

Si camino un par de cuadras hacia el Este sobre Izazaga, en la esquina de Isabel la Católica está lo que hoy se conoce como el Claustro de Sor Juana, porque ahí escribió sus obras la gran poeta novohispana Juana Inés de la Cruz. Este edificio de gruesos muros y silenciosos patios interiores fue el Convento de San Jerónimo desde 1585 hasta 1867, y hoy alberga la universidad en la que estudié.

Justo en contraesquina de su salida posterior, que da al callejón de San Jerónimo, se encuentra la Antigua Librería Madero, especializada en temas históricos de la ciudad de México. Y al cruzar la calle hay tres de los mejores bares del barrio: la Hostería La Bota, el Exilio y el Charal.

En la calle paralela, Regina, hay una agitada actividad nocturna; sobre todo los viernes y sábados. Tiene un poco menos de 10 años que de Bolívar a 20 de Noviembre esta vía se convirtió en un paseo peatonal, y eso ha hecho que la vida de barrio recupere su ritmo pausado. Al inicio, en Bolívar y Regina, donde se encuentra la Casa Serra, que es una tienda con más de 100 años de tradición, especializada en utensilios e insumos para artistas plásticos, está el templo de Regina Coeli, que es un bello ejemplo del arte barroco y cuenta con varios altares de estilo churrigueresco. Contiguo a la iglesia, en lo que durante la Colonia fuera parte del convento de monjas Concepcionistas, a finales del siglo XIX se fundó el hospital de Concepción Beistegui, que hoy funciona como asilo de ancianos. Ahí, por cierto, vivió sus últimos años mi abuela.

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Si bien es famoso este tramo de Bolívar por especializarse en la venta de instrumentos musicales (la matriz de la famosa Casa Veercamp, fundada en 1908, está sólo al dar la vuelta en Mesones), si continuamos nuestro camino sobre Regina, encontraremos un par de viejas imprentas, dos o tres tiendas de sellos, un jardín de niños, una tintorería, una vinatería, una recaudería, una peluquería, un hostal, varios restaurantes, cafés y mezcalerías. Es decir, un auténtico barrio en miniatura. A veces, cuando doblo a la izquierda en el Callejón de Mesones para ir a la tortillería, me quedo un momento escuchando la música que escapa del foro de ensayos del INBA, que se encuentra en la esquina.

La calle de Madero, que también es peatonal y comunica al Zócalo con Bellas Artes y la Alameda, pasando por el Antiguo Palacio de Iturbide, el Sanborn’s de los Azulejos y la torre Latino, se encuentra a cinco cuadras de ahí. El Centro Histórico es en realidad bastante pequeño: se circunscribe a un perímetro de diez kilómetros cuadrados, pero alberga un poco más de 1,500 edificios históricos.

Como bien pensaban mis compañeros de secundaria del colegio salesiano, hay zonas de comercio bien definidas, como las papelerías o los locales de electrónica de República de El Salvador, la Plaza de la computación de Uruguay, las mercerías de Pino Suárez o las tiendas mayoristas de Correo Mayor, a espaldas de Palacio Nacional. Sin embargo, desde que tengo memoria he encontrado que el Centro es fascinante, acogedor e inagotable.

Publicado en mayo en National Geographic Traveler.

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