Apostillas de Oliver Sacks

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Dos semanas antes de morir, el neurólogo británico Oliver W. Sacks hacía las últimas correcciones a un ensayo titulado “Sabbat”. Su salud se había deteriorado notablemente tras ocho meses tratando de paliar un cáncer de hígado (que lo mataría el 30 de agosto de 2015). En el texto personalísimo de “Sabbat”, Sacks cuenta el momento en que a los 18 años confesó a su padre, tímidamente, su homosexualidad (la cual ni siquiera había sido consumada. “Me gustan los chicos”, le dijo, pero no se había acostado todavía con ninguno). Al día siguiente su madre lo repudió citando del Levítico la palabra “abominación” y luego sobrevino el exilio doméstico, al cual siguió, una década más tarde (ya en los sesenta, siendo Sacks un médico recién titulado), la ruptura definitiva, con la familia, con las tradiciones judías, que si bien disfrutaba de niño ya no practicaba, y con Inglaterra. Viajó a Estados Unidos y comenzó una nueva vida, desde cero. “Sabbat” también cuenta la manera en que el ya célebre neurólogo Oliver W. Sacks (con media docena de libros publicados, como Despertares, Un antropólogo en Marte y Veo una voz, algunos de cuyos argumentos habían sido retomados por el cine) volvió a ese barrio del norte de Londres, Willesden, en 2014, para la celebración del centenario de su prima Marjorie. Habían pasado más de 60 años desde que su madre se refiriera a él como “una abominación”, y el doctor Sacks se encontraba nervioso ante la reacción de su familia judía ortodoxa de origen lituano, pero sintió un gran alivio al darse cuenta cuanto habían cambiado las cosas cuando fue cordialmente invitado junto con su pareja (el fotógrafo Billy Hayes, que lo acompañaba) a compartir todos juntos la primer comida del Sabbat.

OLIVER SACKS 003AVEste breve ensayo autobiográfico se incluye junto con otros tres que comparten el mismo tono confesional en el reciente libro Gratitud (Anagrama, 2016). Y junto con ellos conforma una especie de apostilla a una vida entregada a las dos únicas pulsiones freudianas que mantienen con vida y en el mundo al ser humano: “el trabajo y el amor”, según gustaba repetir el doctor Sacks, quien no dejó de trabajar ni en los peores momentos de su aguda crisis final. La actitud profesional del doctor Sacks es loable no solo por su laboriosidad, sino por la humanidad que imprimió al desarrollo de su disciplina. Lejos de la neurología esquemática clásica, que en los análisis clínicos de los estudios cerebrales ve zonas de colores y tejidos atrofiados o sanos, el doctor Sacks veía personas tratando de relacionarse con el mundo, luchando por hacer coincidir su peculiar universo interior con el para ellos indescifrable flujo vital del exterior.
“Me siento a la vez médico y naturalista, y me interesan en el mismo grado las enfermedades y las personas”, escribió en su libro La isla de los ciegos al color, sobre una comunidad entera de una isla del Pacífico oriental que debido a una lesión congénita en la parte del cerebro que construía la sensación del color, no podía percibir los colores del mundo y en cambio veía la luz con intensidad inusitada y lacerante. Repasar los casos clínicos que ocuparon los días y las noches del doctor Oliver W. Sacks es constatar a cada momento que lo “normal” es relativo. No hay, como él parece defender con genuina curiosidad, ni enfermedades mentales ni enfermos, sino individuos tratando de coordinarse con el entorno exterior. Claro que si, por un desorden cerebral, se es ciego a los colores, o a las cosas que se encuentran en el lado izquierdo, o a las formas concretas y orgánicas (como ocurría al personaje que dio título a su libro imprescindible El hombre que confundió a su mujer con un sombrero) la convivencia se hace sumamente difícil y la realización de tareas cotidianas, como ponerse un zapato o un guante, resultan imposibles. Por eso es necesario que estos individuos creen sus propios sistemas de compensación, para incorporarse, aun a trompicones, al devenir mundano. Así, aquel que ha perdido por completo el sistema del equilibrio debido a la nula propiocepción, tendrá que cargar un pequeño nivel de carpintero adaptado a sus anteojos para que le indique que debe erguirse, ya que de otra manera pasaría todo el tiempo naturalmente inclinado hacia un lado. Y aquel afásico cuyo cerebro ha perdido paulatinamente la capacidad de reconocer las formas concretas y orgánicas, y las transforma en abstracciones absolutas, tendrá que poner a su mujer un enorme sombrero, para poder así reconocerla entre todas las figuras sin significado que se mueven a su alrededor.

El gran legado de Oliver W. Sacks es su atención plena a cada uno de los personajes estrambóticos que tuvieron la fortuna de ser diagnosticados por él, ya que aún desahuciados por la neuropsicología convencional al reino de los locos, hallaron siempre en el doctor Sacks a un hombre sensible que los escuchaba y observaba con atención y era capaz en algunos casos de recetarles no solo medicamentos neurotransmisores sino obras literarias que describían sus trastornos (Dostoyevski, Chejov, H.G. Wells) y los ayudaban a comprenderse. Ese legado en atención a lo humano e individual se encuentra documentado en sus libros de una manera accesible y gráfica. “Me hice narrador médico en una época en que eso había desaparecido ya”, llegó a declarar. Pero es en este libro en particular de título elocuente, Gratitud, que Sacks hace la historia clínica de uno de sus pacientes más entrañables: él mismo. Los otros ensayos que lo conforman: “Mercurio”, “De mi propia vida” y “Mi tabla periódica” constituyen un colofón libre y personalísimo de sus memorias En movimiento, también recientemente editado por editorial Anagrama, que comenzó a escribir hace una década, cuando perdió la visión del lado izquierdo debido a un tumor cerebral, y concluyó justo antes de que se le desahuciara. Esto implica que, a diferencia de la autobiografía, los ensayos de Gratitud fueron escritos, pausada y concienzudamente, por un sentenciado a muerte. Ese es su mayor valor y de ahí parten las expresiones tan personales e incluso sentimentales que contienen. “Ahora depende de mí elegir cómo voy a vivir los meses que me quedan. Tengo que vivir de la forma más rica, más profunda y más productiva que pueda. Para esto me alientan las palabras de uno de mis filósofos favoritos, David Hume, quien, luego de saber que estaba enfermo de muerte a los 65 años, escribió en un solo día de abril de 1776 una autobiografía corta titulada Mi propia vida”, dice en una de las piezas de Gratitud.

El doctor Sacks se describe como “una persona de temperamento vehemente, de violentos entusiasmos y extrema inmoderación en todas sus pasiones”, lo cual agradecemos sus lectores en todos sentidos, ya que sus historias son inspiradoras gracias a esa vehemencia entusiasta e inmoderada pasión por su objeto de estudio: el individuo en el mundo. Hacia el final de “Mi tabla periódica”, uno de los textos más divertidos de Gratitud, mantiene la serenidad objetiva de un médico eminente. En mitad del recuento de su tradición de dedicar cada uno de los años de su vida a la evocación del número atómico de los elementos químicos relacionados en la tabla dinámica moderna sistematizada por Mendeléyev a mediados del siglo XIX, el doctor Sacks, que era un apasionado de la (si se me permite) personalidad de las sustancias, concluye: “Casi con certeza no llegaré a mi cumpleaños de polonio (el elemento 84 de la tabla periódica), ni querría tener cerca el polonio, con su radioactividad intensa y asesina. Pero entonces, en el otro extremo de mi mesa –mi tabla periódica– tengo una pieza hermosamente trabajada de berilio, el elemento 4, para recordarme mi infancia, y hace cuánto que comenzó mi vida tan próxima a terminar”.

Publicado en Laberinto, de Milenio, el 28 de mayo de 2016.

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