Eva y la lluvia

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La tarde parecía clara, pero ese era otro de los engaños del verano que, agonizante, se inclinaba sin remedio hacia la melancolía. Las piernas largas y las playeritas sin mangas se habían escabullido ya sobre sus bicicletas hasta desaparecer. El viento urgía a la piel bronceada y el pelo suelto a cubrirse con impermeables y gorros, y jugaba con las nubes a esconderse, sin éxito, entre las faldas de lana de las muchachas. Era la época del año en que los paraguas se olvidan en los consultorios, en los taxis, en los hoteles de paso. Porque nunca se sabe lo que la noche trae consigo, si una llovizna tímida, un violento aguacero o el vaho de la sofocante brisa del crepúsculo…

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