Los superpoderes de Frankenstein

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El gran error moral de Víctor Frankenstein no es la creación de un ser nuevo y autónomo, sino su abandono. “Soy tu Adán”, le dice la criatura, pero también “soy el ángel caído”; “me has privado de la felicidad; devuélvemela y volveré a ser virtuoso”. Se trata de una criatura condenada, como dice la “Balada del viejo marinero” de Samuel Taylor Coleridge, contemporáneo de Mary Shelley, que se cita en el libro, a “avanzar en el camino solitario impelido por el temor y el miedo […] sin volver jamás la cabeza, porque sabes que un horrible enemigo muy cerca de ti te persigue”.

En la vieja leyenda judía del Gólem lo que da vida al barro inerte es una palabra sagrada que se le escribe en la frente a un muñeco, pero que lo vuelve un esclavo. Jorge Luis Borges lo ha descrito en un poema memorable del que solo rescato ahora estos versos: “El rabí le explicaba el universo/ ‘esto es mi pie; esto el tuyo, esto la soga’,/ y logró, al cabo de años, que el perverso/ barriera bien o mal la sinagoga”. La corporación Tyrell en la película Blade Runner (1982) crea replicantes para que sean esclavos de los humanos. Víctor Frankenstein busca la gloria personal y no se responsabiliza en ningún sentido de su creación; la abandona. La premisa moral que da origen a estos seres puede ser cuestionada desde la religión o la filosofía, pero son ellos mismos quienes se rebelan a su destino, y en el caso de los replicantes de Blade Runner y la criatura de Frankenstein, dan lecciones de humanidad a sus creadores.

Quiero citar aquí a manera de ejemplo un instante de la película Blade Runner que, en palabras de Rutger Hauer, el actor que interpretó al replicante Roy Betty, “treinta años después sigue existiendo con la misma intensidad”. Es el momento previo a que se lleve a cabo el famoso diálogo entre el blade runner Rick Deckard (Harrison Ford) y Roy: “He visto cosas que tú, gente, no podrías creer. Naves de ataque en llamas en la cuesta de Orión. Vi C-beams parpadeando en la oscuridad de la puerta de Tannhäuser. Todos estos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”. Un momento antes, Deckard está tratando de no caer al vacío. Se sostiene de una viga, pero claramente cede terreno a cada momento, y llueve a cántaros. Roy le salta enfrente y sonriendo socarronamente le dice: “Toda una experiencia vivir con miedo, ¿no es así? Pues eso es ser un esclavo”.

Esa es la verdadera razón de la rebelión de Roy. Quiere “vivir más”, como le pide a su creador, Eldon Tyrell, pero, sobre todo, quiere ser libre. Lo mismo que la criatura de Frankenstein: simplemente desea que quien lo creó haga otro como él para no estar solo en un mundo hostil. De hecho, aunque ha tenido oportunidad de hacerlo, no es capaz de provocar la muerte de Víctor Frankenstein, porque sin él no le quedaría absolutamente nadie.

Estas premisas humanas provienen del exterior del hombre, de algo “malévolo” creado por la ciencia. 75 años después de Frankenstein Émile Zola se preguntará: “¿La ciencia ha prometido la felicidad? No lo creo. Ha prometido la verdad y la cuestión es saber si con la verdad se conseguirá algún día la felicidad”.

Lee el ensayo completo en Nexos on line.

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